Una invitación a "movilizarse"

Ante la necesidad de decir todo aquello que nos angustia, nos enoja, pero también nos entusiasma, nos da esperanza; he decidido crear este espacio, donde compartir con mis amigas nuestras reflexiones y sentimientos a partir de nuestras vivencias y experiencias cotidianas.

Para escribir en él, invité a aquellas personas que creo, al igual que yo, nos sentimos movilizadas a expresarnos frente a las distancias que nos rodea.

Mujeres, a veces niñas, otras ancianas, donde lo íntimo es el útero al que sólo nosotras tenemos acceso pero hoy lo queremos compartir con vos...

viernes, 11 de febrero de 2011

Un Sueño...Un cuento...

Una fría mañana de invierno, el sol tímido que asomaba por entre las nubes, el viento que golpeaba con suavidad mi cara, mientras bajaba a toda velocidad la cuesta de la montaña. Los trozos de nieve volaban de detrás de la tabla de snowboard mientras mi amigo se adelanta y lo pierdo de vista entre los pinos que bordean la pista. Me freno y comienzo a buscarlo, lo llamo, no responde. Sigo caminando adentrándome en la espesura del pinar, entre las raíces de un gran árbol veo algo que llama mi atención. Me acerco con precaución, poco a poco, sólo se escuchan los pájaros y mis pisadas en la nieve fresca. Cuando estoy lo bastante cerca distingo una forma que se mueve, la corteza del árbol todavía está mojada por el rocío de la mañana. Muevo unas hojas recién caídas y en ese momento me quedo sin respiración. No doy crédito a mis ojos, no es posible que sea verdad aquello que están viendo. Entre las raíces y hojas descubo un bebé, pequeño, mojado y asustado. No tiene fuerzas ni para llorar.


¿Qué mundo tan cruel y despiadado puede hacer esos con una criatura inofensiva e inocente como aquella? ¿Cómo es posible lo que estoy viendo? ¿Qué hago? ¿Qué debo hacer en una situación como aquella? Me digo a mí mismo que no debo entrar en pánico, que debo reaccionar y rápido. Siento el frío intenso de la sombra del bosque en mis pómulos. De repente mi mente comienza a reaccionar, me dice que me saque la campera, que el bebé seguramente está congelado. Lo alzo, lo arropo dentro de mi saco y lo acerco a mi pecho.

Sin embargo, cuando levanto la vista ya no estoy entre los árboles, la nieve se ha derretido y entre mis pies puedo sentir arena fría. Mi tabla de snowboard ahora es una bodyboard. Tengo que buscar ayuda, no veo a nadie en los alrededores, sólo veo arena y más arena, como si estuviera en medio del desierto. Pero me doy cuenta que no puedo llevar todo conmigo, la tabla es demasiado pesada para llevarla, si debo llevar el bebé en brazos. Mi tabla… mi tabla favorita, la tabla que más adoro… Debo dejarla, abandonarla en el medio de la nada… Respiro profundo y comienzo a caminar. Debo apurarme si quiero que este niño tenga una oportunidad de vivir.

Después de caminar mucho, a lo lejos veo un campamento. Parece un campamento zíngaro. A medida que me acerco distingo que hay movimiento entre las carpas enormes que están siendo montadas. Entre las figuras que se mueven acarreando postes y telas, me acerco a una que parece estar dirigiendo el devenir de ls cosas. Le explico la situación y le pregunto si hay alguna ciudad cerca, un hospital para llevar al bebé. Horrorizado me responde que aquél era un niño de la etnia y que ha sido dejado en el bosque a propósito. Me grita que aquella es la manera de ellos, que es tradición que no debería haber tomado al niño. Sin creer las palabras que aquél hombre me decía, comienzo a correr para poner a salvo al pequeño.

Tras caminar mucho, la arena deja paso al césped, a las rocas al costado de un camino. A lo lejos veo un puente. Del otro lado, sé está la ciudad y en ella mi entrenador. Debo explicarle la situación y poner a salvo al bebé. El puente de metal, con grandes vigas de color rojo se impone ante mi presencia. Comienzo a cruzarlo, poco a poco va tomando altura, se está levantando. Corro para llegar a tiempo al otro lado y poder pasarle al bebé a mi entrenador. Mi entrenador, que resulta que es una mujer, está trepado de la otra parte del puente, estirando los brazos para agarrar al pequeño. Me acuesto en el suelo del puente que se eleva cada vez más y se lo entrego. Por fin está a salvo… Un esfuerzo más. Mi mente me impulsa a finalizar la carrera. Ruedo por el borde y salto al otro lado. Mientras me incorporo mi entrenadora me felicita por haber actuado correctamente ante esta situación extraña y crucial. Entonces me entrega al bebé, lo tomo en brazos y en aquél momento siento paz, tranquilidad y amor. No importa nada más sólo queda en el aire esa sensación, esos sentimientos que no desaparecerán jamás.
02/02/2011

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